Tuesday, August 16, 2016

Los marchantes, o el oscurantismo

Dicen que la educación sexual es una «ideología», pero la religión, «educación en valores». Dicen que la cartilla convertirá a sus hijos en homosexuales, pero la Biblia no ha sido capaz de convertirlos a ellos en cristianos.

No puede ser que el siglo XXI en Colombia se parezca tanto al siglo XVI en España. «Amar al prójimo como a uno mismo» les quedó tan grande de metérselo en la cabeza como la ignorancia que los gobierna y el pánico que los abruma. La animación infantil mostrada por el noticiero y las redes sociales me hizo consciente de una cosa: las últimas cuatro columnas son una muestra de ingenuidad. No sé de dónde saqué que la razón al amparo de la ciencia, por un lado, y la explicación con plastilina, por el otro, podría invitar a reflexionar sobre nuestros prejuicios a las personas que, como una procesión hacia el calvario del oscurantismo, salieron a las calles a protestar en defensa de lo que creen es una verdad que debe ser impuesta sobre los demás como la religión a la que le juran su lealtad. Este país sigue siendo confesional, no laico (como engañosamente establece la Constitución).

Ni en España con sus antecedentes ni en Brasil con su cruda homofobia y severa prohibición del aborto hacen una cosa como esta. Háganse un bendito favor: lean la cartilla Ambientes Escolares Libres de Discriminación y el artículo 20 de la Ley 1620 de 2013 con responsabilidad en lugar de repetir, como siervos medievales tirados por los hilos del rey, el discurso de la diputada de Santander, Ángela Hernández, de la senadora del Partido Liberal, Viviane Morales, del Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado y del líder del Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez; y las reducciones simplistas y distorsionadas de quienes leen las cosas  (a) por encima, (b) de modo fragmentado o (c) con intereses políticos. Después de todo, la cartilla no es del Ministerio de Educación sino de las Naciones Unidas y, hasta el momento, constituye solamente un borrador del trabajo que el Ministerio, junto con UNICEF y Colombia Diversa, quiere lograr.

¿Por qué no pueden hacer algo por su cuenta, a la luz de su criterio o de su propia interpretación o investigación sin el deseo aparentemente incontenible de ver o leer todo a través del lente bíblico? Si leyeran algo de ciencia, de psiquiatría, de psicología, de historia, así sea un cómic, se echarían al suelo del mal de risa que la irracionalidad de sus protestas y la desvergüenza de sus reclamos les produciría. También entiendan de una buena vez que ni la heterosexualidad ni la homosexualidad pueden transmitirse o contagiarse y que tampoco son un mal sino una condición biológica como el color de piel (blancos, negros, morenos). ¡Ayúdense!

Una cosa sí está clara, sin embargo: mi ingenuidad se queda corta frente a la ingenuidad de quienes creen proclamar el Nuevo Testamento o las parábolas del Evangelio. ¿O no traicionan el postulado del cristianismo que clama amar al prójimo como a uno mismo para poder ser el vivo ejemplo de una prédica que respiró aires de igualdad entre quienes la esgrimieron como una realidad encarnada en el registro moral e imborrable de Jesús y sus discípulos? ¿Por dónde se cuela entonces el prejuicio que clasifica el homosexualismo como peste de la hay que escapar de su alcance juntando poder (Centro Democrático) y capricho (catolicismo) para, como termitas hambrientas, carcomer el respeto a la diferencia ahogando lo justo en el abrevadero del discrimen?

¿No saben siquiera, que lo que separó a Jesús del resto de los mártires de la historia fue el hecho de haber proclamado el amor incluso hacia quienes tenemos toda la razón de odiar (los homosexuales no son, sin embargo, un ejemplo de ello)? He ahí la dificultad de la práctica cristiana: amar a nuestro igual siempre será tarea fácil, amar al diferente no y mucho menos si no lo comprendemos. De aquí se desprende la necesidad de una educación (no ideología) sobre la sexualidad y el género, la orientación sexual y el sexo (cuatro conceptos distintos) y, tras las marchas de esta semana, crece cada vez más la justificación. (Entre la rendición de un culto ciego al cielo donde solo hay nubes y astros y un Universo por descubrir, y la renuencia a reconocer que existe una realidad distinta a la que proclaman, no resultaría absurdo concluir que precisan de una intervención psiquiátrica.)

Casi ningún cristiano o católico es capaz de honrar lo que saliva. No por nada les aclaró el abogado y pacifista hindú Mahatma Gandhi (1869-1948): “No encuentro nada malo en el cristianismo. El problema está en ustedes los cristianos, pues no viven en conformidad con lo que predican”. A la postre niegan que la religión –o la enseñanza de la Biblia– en los colegios sí constituya una doctrina o ideología según la cual el hombre es superior a la mujer y la esclavitud y el incesto condiciones normales, pero no salen a las calles a protestar por eso ni en el nombre de los cientos de niños víctimas de sacerdotes pedófilos. Eso, señores, sí es desvergüenza. El móvil de sus protestas depende del «sine qua non» sustantivado como: conveniencia.

Colofón: Gina, haz caso omiso de protestas carentes de fundamento y sigue haciendo tu labor que, por no gozar de la “verdad” que establece la Biblia no deja de gozar de pedagogía, ciencia, legalidad y, sobre todo, constitucionalidad. La diferencia entre quienes protestan con el odio en la garganta y quienes la apoyan con el sentido común  en la cabeza habla por sí sola. Cordial saludo, El Quijote.
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Esta columna fue publicada en Semana.com:

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