Tuesday, January 24, 2017

Toros sí, toreros no

¿Hasta cuándo continuarán confundidos los taurinos? Tanto así, que llaman a estos especímenes de la fauna animales mientras, no obstante, se piensan superiores porque hacen ejercicio de la razón. ¿Desde cuándo la violencia y el argumento en que abiertamente amparan su estupidez son productos de la razón? No sé de otros deportes o formas culturales, pero la tauromaquia es un colmo redondo de absurdos que parecen multiplicarse a todas horas del día y de la noche en la mayoría de los rincones de la Colombia españolizada. La insensibilidad es una prometedora epidemia que genera grandes espectáculos de honores a la tortura; es fuente inagotable del complejo de superioridad de especie; es la panacea de los cabrones. Centrémonos en dos declaraciones épicamente cínicas. Una de septiembre de 2014 y, la otra, de este sábado 21 de enero de 2017.

Muchos son los argumentos que he escuchado en defensa de la tauromaquia: “Si los toros no sienten dolor, ¿por qué ustedes lástima?”; “Si lidiar toros bravos es un arte, ¿por qué se oponen a la conservación de la cultura?”; “Si no les gusta la tauromaquia, sencillamente, pueden no participar del espectáculo”. El preferido de todos los taurinos, sin embargo, es ese que reza: “Hipócritas, porque todos comen carne”. Dicho de otro modo, si no somos vegetarianos no tenemos autoridad moral y ello nos hace hipócritas; pero si somos omnívoros el consumo de la carne lo justifica todo: desde domesticar hasta masacrar animales. ¿Acaso para alimentarse hay que torturar primero a la fuente de alimento en su estado previo a ser comida? Ni los animales carnívoros hacen eso (no, tampoco las orcas, para los que aducen el ejemplo).

Declaración No. 1 (2014)

¿Tuvieron, en 2014, la oportunidad de hacerse testigos de la faena argumental del líder de la ganadería Mondoñedo, Gonzalo Sanz Santamaría? Agárrense. Su ´argumento´ se resume como: «Los medios justifican el fin», la versión postmoderna del pensamiento de Niccoló Maquiavelli. El 4 de septiembre de 2014, en estrevista con el diario nacional El Espectador, declaró: No han querido entender [óigase bien: no hemos querido entender] que si se acaban las corridas, los toros bravos también van a desaparecer. Esa raza sigue viva gracias a los criaderos. [Mejor dicho: “Gracias”, dice el toro al taurino] Durante cuatro años esos animales crecen en las mejores condiciones, conviven con otras especies, se alimentan de la mejor forma y luego se preparan para ir a la plaza donde luchan y mueren en un ritual en el que se les rinde honores”.

¿Qué es este sortilegio de palabras flotando en busca de razonamiento lógico, de puerto, de galaxia? ¿Cómo razonan, exactamente, los taurinos? ¿Habla del mismo honor que sufrieran los gladiadores durante la época romana bajo la calidad de esclavos o del agradecimiento de los toros con los taurinos por permitir su existencia y desarrollo a fin de ser sacrificados; a estrecha semejanza de como lo hicieron los esclavos en una época feudal con sus amos por éstos brindarles techo y comida y, cuanto mayor el tiempo, asimismo el agradecimiento? Definitivamente Gonzalo acuñó una nueva máxima en honor a la memoria de Niccoló Maquiavelli que opera en sentido inverso: «Los medios justifican el fin», el cruento fin o destino de estos especímenes de la fauna.

Y así habló también de honrar el legado de España o de los españoles que colonizaron América. Su razonamiento –como defensor o representante legal de los toros (o, al menos, así se piensa este individuo)– entraña el mismo razonamiento de los colonizados: rendirle pleitesía al amo. La diferencia entre Gonzalo y los españoles consiste en que éstos últimos pensaron que el fin justificó el medio, mientras él y la masa de taurinos piensan que el medio justifica el fin. Lo curioso es que, tanto lo primero como lo segundo se amparan en un complejo de superioridad de raza o de especie que, aunque en este caso pretende emular a la española, ante los animales esgrime la humanoide. Pero ni el émulo a España ni el sentido humanístico pueden jamás unirse a los antes mencionados, porque no puede haber arte que nace de una barbarie que busca la complacencia de la tradición hecha carne a través de la masacre.

Declaración No. 2 (2017)

Este sábado, también en entrevista con diario nacional El Espectador, el presidente de la Corporación Taurina de Bogotá, Felipe Negret, declaró: Podemos dar el domingo una muestra de que este país puede vivir en paz; ellos haciendo su protesta y nosotros entrando a la plaza”. Qué lindo. ¿Y entonces? ¿Así «in saecula saeculorum»? No es sino dejar las cosas en el mismo punto de partida: la falta de entereza para declarar la verdad. Equiparar el derecho de uno a ejercer una práctica dañina con el del otro a protestarla no declara la verdad: la disimula y pretende hacerla relativa. Es, en forma más profunda, una burla al Derecho y a la filosofía como disciplina. Toda la filosofía del Derecho, desde el Prefecto del Pretorio Domicio Ulpiano (178 d.C.) hasta Jean Jacques Rousseau se fundamenta en promover el «bien» y en castigar el «daño» (en sentido amplio). Negret y Santamaría y quienes se suman a sus pendejerías argumentales no reflejan sino el estado más pedestre de la conciencia humana en el marco de la evolución o de la Historia.

En su libro «Toros sí, toreros no» (editorial Grijalbo, 1990), el periodista y escritor mexicano Eduardo del Río –generalmente conocido como Rius– cita (p. 104) al compositor español Pablo Sorozábal (1897-1988): “Con un concepto de arte tan laxo y falto de exigencia, más razonable sería llamar arte al oficio de fabricar tartas de chocolate y fresa. Sobre el presunto –según dicen– arte de la tauromaquia, se han vertido toneladas de lo que para mí no es sino mala retórica y, peor, pseudofilosofía. No hay finalidad alguna que pueda justificar la tortura; ni al hombre ni al animal”.

Colofón: A quienes piensan intrascendentalmente de los animales, invito a consultar las palabras del filósofo y naturalista británico Charles Darwin y el documento legal más antiguo e importante de la Historia: el Corpus Iuris Civilis (de Justiniano I). Ambos fueron citados en la columna Alejandro Ordóñez: entre el instinto y la razón, cuando el Cardenal de la República de Colombia adujo la ineptitud de una demanda afirmando que los animales no son «sujetos de Derecho». Más bien le faltó pasar por una mejor facultad de Derecho. ¿Por el Externado, quizás? (Ver columna).
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Esta columna fue publicada en El Diablo Viejo:

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